Diana o la cazadora solitaria


"Señor, lleva usted dos semanas de placer ¿Cuándo piensa dármelo a mí?
Ella era tan voraz como yo deseosa de complacerla. Si el placer masculino al que ella se refirió esa mañana era el simple, directo de montarla y venirme, jamás lo hice sin todos los preámbulos, el foreplay, que la urbanidad sexual indica para satisfacer a la mujer y llevarla a un punto anterior a la culminación que conduzca, con suerte, al orgasmo compartido, el coito emocionante, hecho por partes idénticas de carne y espíritu: venirse juntos, viajar al cielo. Los sesenta y nueves no faltaron y ella poseía la infinita sabiduría de los verdaderos amantes que conocen la raíz del sexo del hombre, el nudo de nervios entre las piernas, a distancia igual entre los testículos y el ano, donde se dan cita todos los temblores viriles cuando una mano de mujer nos acaricia allí, amenazando, prometiendo, insinuando uno de los dos caminos, el heterosexual de los testículos o el homosexual del culo. Esa mano nos mantiene en vilo entre nuestras inclinaciones abiertas o secretas, nuestras potencialidades amatorias con el sexo opuesto o con el mismo sexo. Una amante verdadera sabe darnos los dos placeres y darlos, además como promesa, es decir, con la máxima intensidad de lo solamente deseado, de lo incumplido. El amor total siempre es andrógino."

Diana o la cazadora solitaria
Carlos Fuentes.

Mi paisano

Lo conocí en una fiesta “exclusiva” que reunía a varias “personalidades” del “medio erótico” de Twitter y a la cual pagaron caballero...